Sobre el alfeizar de
la ventana descansan las primeras luces del atardecer; alguien habla en una
habitación cercana, lo suficientemente lejos como para no entender lo que dicen;
el viento está tranquilo y en el aire flota un leve aroma afrutado.
Estoy sentado junto
al escritorio; vista ligeramente cansada, tranquilo, pero con un leve movimiento de pies; contemplo un folio blanco, fresco, limpio, perfectamente
alisado, impoluto; mi mano descansa intranquila junto a él, ronroneándo a al
lapicero, como un perro junto a la puerta que sabe que su dueño va a sacarlo a
pasear. Hoy ha sido un buen día, de esos que no se recuerdan y pasan
desapercibidos, el día perfecto para escribir.
Y es curioso, como en
el silencioso eco de mi cavidad craneal solo hay vacío. El mayor aglutinamiento
de ideas ausentes toma forma dentro de mi cabeza. Y entre este ejército
inherente de polvo solo es visible el estandarte de mi motivación. Todas las
demás ideas llevan yelmo negro y no deja a nadie ver su rostro; bien podrían
pertenecer al aclamado linaje de las musas, pero no quiere darse a conocer,
convirtiéndose así en un estorbo.
Me planteo la postura
seriamente al tiempo que mi boca comienza a secarse, pero es una sensación que
ya conozco bien, sé que no debo ceder a su chantaje, ya tengo todo dispuesto
para comenzar a redactar. Iluso de mí. Aún no he escrito una sola palabra y ya
necesito imperiosamente levantarme. No. Lo que realmente quiero es implosionar
en tinta.
Permanezco sentado un
rato más hasta que la habitación queda envuelta en un torbellino de ideas
deformes entretejidas en un rechinar de dientes. El tiempo avanza inexorable
pero tranquilo, golpeando la maraña de palabras que resuenan en mi cabeza, intentando
darle una forma adecuada sin que acaben de materializarse.
Fascinado por la
incapacidad de hilar una sola frase, avanzo el tiempo ensimismado. Describo
círculos con el brazo al tiempo que paladeo obras imaginarias sobre el papel aún
albino. No ceso de inventar frases tan ambiciosas y forzadas que me obligan a
odiarlas en el instante previo a ser escritas. Cada cual más nefasta, consigue eclipsar
con su execrable inexistencia a la anterior.
Se extiende ante mí
la blanca posibilidad de construir el mejor de los relatos, pero para mi
desgracia consigo evadirla con soltura redundante ¿realmente siento lo que
escribo?, o solo pongo lógica a un collar de manchas de tinta. Releo mentalmente mis palabras,
rumiándolas al tiempo que jugueteo con un anillo entre mis dedos. Mas solo veo
un rebaño de ironías tangentes recorriendo un relato sin alma, como una pradera
de letras secas donde van a morir las palabras. Un atisbo de ideas posibles que
van dejando tras de sí un cuadro pintado con inertes esqueletos negros.
Una concatenación de
picores me obligan a salir del embelesamiento. Vuelvo a ser consciente del paso
del tiempo. Una farola junto mi ventana hace tiempo que se mantiene encendida.
Ya no se escuchan voces, solo el ruido de campanas en la lejanía; finalmente el
olor se ha disipado, obligándome a recordar mi humanidad. El tiempo sigue
quieto, esquivo a mi presencia.
Al volver la vista sobre
la mesa, el folio me parece un duendecillo que sólo quiere burlarse de mí. ¿Soy
acaso incapaz de escribir para expresar lo que quiero? De nuevo vuelvo a
repasarlo todo, furioso, cambiando algunas de mis previas pinceladas de
desprecio literario. Sólo he conseguido dejar metáforas desechas y párrafos
huérfanos que empeoran aún más si cabe mi relato, aunque para mi sorpresa sigue
manteniendo su estructura de superficialidad autorealizada, como una de esas
burdas figuritas de estantería que imitan una verdadera obra de arte. Durante
un momento perverso pienso en inspirarme en una de mis obras anteriores. Pero
no quiero jugar a encontrar las siete diferencias entre este y mis otros
relatos. ¿Estoy acaso condenado a ser desconocedor y desconocido a los demás? ¿Quién
puede escribir los chillidos en papel?
Pretendo salvar este
náufrago intento de ser comprendido. Comenzar a escribir es sin duda uno de los
dramas más amargos que pueden sucederle a alguien como yo. Sin inspiración,
cuando el peso del mundo hace estallar cada músculo de mi cuerpo y quedo
atrapado en el limbo de la mayor de las desesperaciones, aferrándote de manera
ridícula a cada idea por grotesca que sea. La impotencia se apodera del control
de mi cuerpo y se espesa en el fulgor de mis venas hasta llegar al último
rincón.
Comienzas entonces a
escribir enloquecido, a redundar en lo innecesario y perforar cada idea hasta
secarla por completo. La belleza de las palabras y la profundidad de los
axiomas dejan paso involuntario a la pereza de un escritor, más en la
literatura que en la realidad. Quiero escribir la obra más bella jamás contada
¿Es acaso algo tan egoísta? ¿Es acaso una utopía y debo conformarme con un
fragmento de su horizonte? No puedo entonces hacer salir ese relato que tan
claramente se agolpa en mi cabeza. ¿Qué es lo que puedo escribir? Una belleza
fingida y artificial que tan solo te transporte a un paralelo de mi alma.
Quiero escribirte mi Yo. Quiero una obra que sea mi propio reflejo ligeramente
distorsionado por la propia perfección de las palabras, que te trasmita mi
esencia. Mi ser quién soy.
Sin embargo, mi obra
no podría estar más silenciosa, blanca hasta límites ridículos, casi acechante. Intento redactar mi alma,
utilizando la máxima expresión de imprecisión que me permite el lenguaje.
Quiero crear una entrada hacia mi interior, pero esta es una puerta de un solo
sentido. Las ideas que con dificultad consigo escribir, ya la han atravesado,
pero pierden todo su poder y se transforman en parte inútil de su ornamentado
umbral. Ojalá llegase a escribir una novela en cada mota de polvo para que así
pudieras conocerme, pero ninguno de esos mapas etéreos marcaría la equis.
Contemplo entonces mi
mano, blanquecina, inerte, reseca, agrietada, cubierta de tiempo. Han pasado
los años, pero aún no sabes quién soy. No puedo ayudarte. Mi obra está en
blanco; aún no he comenzado a escribir. Una hoja vacía frente a una mente
llena.