lunes, 17 de noviembre de 2014

Tiempo Fatuo

Sobre el alfeizar de la ventana descansan las primeras luces del atardecer; alguien habla en una habitación cercana, lo suficientemente lejos como para no entender lo que dicen; el viento está tranquilo y en el aire flota un leve aroma afrutado.
Estoy sentado junto al escritorio; vista ligeramente cansada, tranquilo, pero con un leve movimiento de pies; contemplo un folio blanco, fresco, limpio, perfectamente alisado, impoluto; mi mano descansa intranquila junto a él, ronroneándo a al lapicero, como un perro junto a la puerta que sabe que su dueño va a sacarlo a pasear. Hoy ha sido un buen día, de esos que no se recuerdan y pasan desapercibidos, el día perfecto para escribir.
Y es curioso, como en el silencioso eco de mi cavidad craneal solo hay vacío. El mayor aglutinamiento de ideas ausentes toma forma dentro de mi cabeza. Y entre este ejército inherente de polvo solo es visible el estandarte de mi motivación. Todas las demás ideas llevan yelmo negro y no deja a nadie ver su rostro; bien podrían pertenecer al aclamado linaje de las musas, pero no quiere darse a conocer, convirtiéndose así en un estorbo.
Me planteo la postura seriamente al tiempo que mi boca comienza a secarse, pero es una sensación que ya conozco bien, sé que no debo ceder a su chantaje, ya tengo todo dispuesto para comenzar a redactar. Iluso de mí. Aún no he escrito una sola palabra y ya necesito imperiosamente levantarme. No. Lo que realmente quiero es implosionar en tinta.
Permanezco sentado un rato más hasta que la habitación queda envuelta en un torbellino de ideas deformes entretejidas en un rechinar de dientes. El tiempo avanza inexorable pero tranquilo, golpeando la maraña de palabras que resuenan en mi cabeza, intentando darle una forma adecuada sin que acaben de materializarse.
Fascinado por la incapacidad de hilar una sola frase, avanzo el tiempo ensimismado. Describo círculos con el brazo al tiempo que paladeo obras imaginarias sobre el papel aún albino. No ceso de inventar frases tan ambiciosas y forzadas que me obligan a odiarlas en el instante previo a ser escritas. Cada cual más nefasta, consigue eclipsar con su execrable inexistencia a la anterior.
Se extiende ante mí la blanca posibilidad de construir el mejor de los relatos, pero para mi desgracia consigo evadirla con soltura redundante ¿realmente siento lo que escribo?, o solo pongo lógica a un collar de manchas de tinta. Releo mentalmente mis palabras, rumiándolas al tiempo que jugueteo con un anillo entre mis dedos. Mas solo veo un rebaño de ironías tangentes recorriendo un relato sin alma, como una pradera de letras secas donde van a morir las palabras. Un atisbo de ideas posibles que van dejando tras de sí un cuadro pintado con inertes esqueletos negros.
Una concatenación de picores me obligan a salir del embelesamiento. Vuelvo a ser consciente del paso del tiempo. Una farola junto mi ventana hace tiempo que se mantiene encendida. Ya no se escuchan voces, solo el ruido de campanas en la lejanía; finalmente el olor se ha disipado, obligándome a recordar mi humanidad. El tiempo sigue quieto, esquivo a mi presencia.
Al volver la vista sobre la mesa, el folio me parece un duendecillo que sólo quiere burlarse de mí. ¿Soy acaso incapaz de escribir para expresar lo que quiero? De nuevo vuelvo a repasarlo todo, furioso, cambiando algunas de mis previas pinceladas de desprecio literario. Sólo he conseguido dejar metáforas desechas y párrafos huérfanos que empeoran aún más si cabe mi relato, aunque para mi sorpresa sigue manteniendo su estructura de superficialidad autorealizada, como una de esas burdas figuritas de estantería que imitan una verdadera obra de arte. Durante un momento perverso pienso en inspirarme en una de mis obras anteriores. Pero no quiero jugar a encontrar las siete diferencias entre este y mis otros relatos. ¿Estoy acaso condenado a ser desconocedor y desconocido a los demás? ¿Quién puede escribir los chillidos en papel?
Pretendo salvar este náufrago intento de ser comprendido. Comenzar a escribir es sin duda uno de los dramas más amargos que pueden sucederle a alguien como yo. Sin inspiración, cuando el peso del mundo hace estallar cada músculo de mi cuerpo y quedo atrapado en el limbo de la mayor de las desesperaciones, aferrándote de manera ridícula a cada idea por grotesca que sea. La impotencia se apodera del control de mi cuerpo y se espesa en el fulgor de mis venas hasta llegar al último rincón.
Comienzas entonces a escribir enloquecido, a redundar en lo innecesario y perforar cada idea hasta secarla por completo. La belleza de las palabras y la profundidad de los axiomas dejan paso involuntario a la pereza de un escritor, más en la literatura que en la realidad. Quiero escribir la obra más bella jamás contada ¿Es acaso algo tan egoísta? ¿Es acaso una utopía y debo conformarme con un fragmento de su horizonte? No puedo entonces hacer salir ese relato que tan claramente se agolpa en mi cabeza. ¿Qué es lo que puedo escribir? Una belleza fingida y artificial que tan solo te transporte a un paralelo de mi alma. Quiero escribirte mi Yo. Quiero una obra que sea mi propio reflejo ligeramente distorsionado por la propia perfección de las palabras, que te trasmita mi esencia. Mi ser quién soy.
Sin embargo, mi obra no podría estar más silenciosa, blanca hasta límites ridículos, casi acechante. Intento redactar mi alma, utilizando la máxima expresión de imprecisión que me permite el lenguaje. Quiero crear una entrada hacia mi interior, pero esta es una puerta de un solo sentido. Las ideas que con dificultad consigo escribir, ya la han atravesado, pero pierden todo su poder y se transforman en parte inútil de su ornamentado umbral. Ojalá llegase a escribir una novela en cada mota de polvo para que así pudieras conocerme, pero ninguno de esos mapas etéreos marcaría la equis.

Contemplo entonces mi mano, blanquecina, inerte, reseca, agrietada, cubierta de tiempo. Han pasado los años, pero aún no sabes quién soy. No puedo ayudarte. Mi obra está en blanco; aún no he comenzado a escribir. Una hoja vacía frente a una mente llena.

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