El sol cantaba y los pájaros
brillaban como solo ocurre en los cuentos. Así día tras día, entre tanta
belleza y armonía, la inquieta princesa comenzó a sentir que su belleza no era
suficiente. Aparecieron entonces, ataviadas con codiciosa galantería las
temidas brujas, y con una astucia tangente a sus intenciones, modelaron a su
antojo la autoestima de la desprotegida niña. Eliminaron con sus varitas todas
las imperfecciones de su cuerpo, elaboraron un ungüento mágico de babas de
arpía, que aplicado en su rostro la hacía ser más atrayente y consiguieron
destartalados artilugios traídos del lejano oriente que la hacían parecer más
alta. Por desgracia, la magia que sostenía su belleza iba destruyendo su
espíritu, hasta marchitarlo como un puñado de hojas secas que se elevan en el
viento. Y tomando valor vendió su alma para comprar el único y ornamentado
frasco, de blanco líquido y afilada aguja, que contenía la belleza eterna. Y
perdiendo el valor se pinchó, y quedó dormida en un profundo sueño.
Cien años de pétrea belleza
viendo pasar el tiempo, inmóvil, hasta que llegó un hombre y la bella,
durmiente, quiso besarle. Y renunció a su belleza. Vieja, despierta, libre,
pudo sentirlo.
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