jueves, 2 de junio de 2016

LA FEA DESPIERTA


El sol cantaba y los pájaros brillaban como solo ocurre en los cuentos. Así día tras día, entre tanta belleza y armonía, la inquieta princesa comenzó a sentir que su belleza no era suficiente. Aparecieron entonces, ataviadas con codiciosa galantería las temidas brujas, y con una astucia tangente a sus intenciones, modelaron a su antojo la autoestima de la desprotegida niña. Eliminaron con sus varitas todas las imperfecciones de su cuerpo, elaboraron un ungüento mágico de babas de arpía, que aplicado en su rostro la hacía ser más atrayente y consiguieron destartalados artilugios traídos del lejano oriente que la hacían parecer más alta. Por desgracia, la magia que sostenía su belleza iba destruyendo su espíritu, hasta marchitarlo como un puñado de hojas secas que se elevan en el viento. Y tomando valor vendió su alma para comprar el único y ornamentado frasco, de blanco líquido y afilada aguja, que contenía la belleza eterna. Y perdiendo el valor se pinchó, y quedó dormida en un profundo sueño.

Cien años de pétrea belleza viendo pasar el tiempo, inmóvil, hasta que llegó un hombre y la bella, durmiente, quiso besarle. Y renunció a su belleza. Vieja, despierta, libre, pudo sentirlo.