sábado, 28 de septiembre de 2013

METAMORFOSIS DE UNA CIRCUNSTANCIA

Capítulo 1 – ENTRE LAS NUBES DEL CIELO

Siempre había deseado que un coro de ángeles me despertara cada mañana mientras me traían un abundante desayuno a la cama. Era uno de esos sueños que tiene una persona y que acepta que no pueden ocurrir, y quizás por esto mismo me ilusionó aún más lo ocurrido. Aquella mañana no llegó un coro de ángeles, pero alguien había llamado a la radio para recomendar mi canción favorita; algo que pareció gustarles también a los pájaros al otro lado de la ventana, que coreaban un ritmo alegremente acorde con la melodía. Y aunque tampoco desayuné en la cama, sí que estaba preparado el desayuno en el comedor, donde me esperaban mi hermano y una mesa repleta de todo aquello que no debería comer porque no es bueno para la salud de una niña de doce años como yo, aunque quedaba levemente disimulado entre algo de fruta y cereales. Primero empecé por un trozo de tarta de frambuesa, unos bollos de chocolate con almendras, pastel de arándanos y galletas rellenas de mermelada, endulzado todo ello con jugo de melocotón y leche merengada. La única pega de ese momento fue no poder comer todo lo que hubiera deseado, aunque eso no quiere decir que no probara todos y cada uno de los manjares y terminara con todas las tostadas. Si bien es verdad que me ayudó mi hermano, apenas comió lo de siempre e incluso menos.

Ese fue el momento más agradable de mis vacaciones, que empezaron ese mismo día, y terminarían un día después; y aunque pueda parecer un buen nivel, no fue así. Si esa fue la mejor parte es debido a que después de aquello las cosas no hicieron más que empeorar, hasta desencadenar en una depresión inquisitorial que agriaría hasta la última neurona de mi cerebro.

Mi hermano decidió que durante el proceso de separación de mis padres, era el momento idóneo para unas vacaciones él y yo solos. Reconozco que al principio fue relativamente fácil aceptar el divorcio, seguramente porque era algo que todos nos esperábamos, menos mis padres, que llegaron a aquella conclusión en una discusión como si se les acabara de pasar por la cabeza. Pero pasaron los días y las cosas se complicaron hasta puntos absurdos. Nuestra convivencia familiar comenzó a tensarse como un cuerpo del que tiran en varias direcciones, y que como es normal, terminó por desmembrarse en el sentido más literal.

Para nuestro “descanso familiar” habíamos decidido que la montaña sería un buen destino. El nombre que le habíamos dado a nuestras vacaciones no tenía nada que ver con nuestra condición de hermanos, sino más bien con que estaríamos solos, sin nadie más que nos molestara, y por nadie me refiero a mis padres, y a cualquiera que nos sonriera y bajara la mirada al tiempo que nos deseaba suerte con una mayor carga de incomodidad que de verdadero pesar.

Y esto es lo que nos trae hasta este momento: era la mañana de mi primer día de vacaciones y acababa de tomar uno de los mejores desayunos de mi vida.

Después del silencioso desayuno salimos a pasear y recuerdo que el paisaje era embriagador. Desde la cima se podía ver una parte de la montaña, adornada con un manto de densa vegetación enjoyado de abetos, y  cuyas faldas se encontraba rematadas por una tortuosa carretera que dividía la ladera en secciones desiguales, apareciendo y volviendo a desaparecer por el otro lado de la montaña.

No sabría decir cómo, pero recuerdo que después del desayuno me volví a acostar, y al levantarme solo existía el correr. Mi hermano tenía todo preparado para irnos. Bajé las escaleras entre maletas y empujones y monté en el coche, que arranco con furia. He de decir que desde hacía unos meses coincidiendo con una serie de desgracias familiares me había vuelto más inexpresiva y obediente que nunca, algo que en ese momento rozó su máxima expresión.


Capítulo 2 – ESCALERA AL INFIERNO

El cielo estaba muy nublado y la carretera aún guardaba la humedad de las lluvias de la noche anterior. El sol no estaba alto, y detrás de cada curva había algunas zonas sin iluminar. Entramos a toda velocidad en un frondoso bosque donde pareció anochecer de nuevo; no entendía este repentino gusto por la velocidad; al principio parecía divertido, pero ahora tenía que agarrarme al cinturón de seguridad para no salir disparada en una curva. Con tanto traqueteo y la leve luz, por la ventanilla apenas podía distinguir borrones verdes dignos de un cuadro impresionista,  que el rocío me tiznaba brillantes. Finalmente mi preocupación se transformó en miedo bajo el amparo de un abismal acantilado que nos acompañó desde que salimos de aquel bosque de abetos por todo el lateral  izquierdo de la carretera. Poco tiempo atrás, aquel tramo había despertado en mi un curioso número de sentimientos agradables relacionados todos con la belleza del paisaje, sin embargo ahora se tronaban tenebrosos y oscuros ante la idea de terminar despeñados por una preciosa ladera o de chocar contra alguno de los imponentes y afilados riscos, cuya fisionomía embellecida por el color ennegrecido de la piedra no los hacía menos peligrosos. Para empeorar la situación notaba como el coche invadía el carril contrario cada vez más descaradamente, hasta que finalmente se convirtió en uno solo, cuya línea continua debía de ser un simple decorativo para mi hermano. Algo que verdaderamente degradaba la idea de “temerario” hasta “juego de niños”.

Mi cuerpo se encontraba gobernado por una parálisis casi total que llevaba un rato afectando a mi capacidad de respirar. Sentía como la adrenalina invadía cada una de mis células con total impunidad, aunque sorprendentemente no sudaba, debido sin duda al estado de tensión en el que me encontraba, que mantenía cerrado y apretado cada poro de mi piel. Sentía que podría morir en cualquier momento y que no podía hacer nada para evitarlo; era una sensación de ahogo y desasosiego. Por su parte mi garganta gritaba en silencio por algo de saliva y mi cerebro estaba empezando a colapsarse dando lugar a un leve pero sentido mareo, y recordándome tan exagerada como innecesariamente que estaba en verdadero peligro.

Pasado un rato la cosa no mejoró. La carretera comenzó a estrecharse y una espesísima niebla anaranjada comenzó a cubrir indiscriminadamente cada uno de los objetos que podía ver desde el coche. En apenas unos minutos pasamos casi sin saberlo a no poder ver apenas unos metros delante del coche, que los faros se apresuraban a traducir en tramos de carretera. Para empeorar las cosas, el habitáculo comenzó a oler a quemado y a llenarse lentamente de un humo denso y rojizo.

Segundos después me di cuenta de que no era humo del coche lo que respiraban apresurada e ineficientemente mis pulmones y tampoco era niebla lo que cubría el camino. El monte se estaba quemando a pasos agigantados. Uno de los laterales de la montaña estaba siendo abrasado por una diabólica lengua de fuego, y por desgracia la carretera lo atravesaba con alevosía, zigzagueando y retorciéndose para cubrir el máximo terreno quemado. Estaba claro que no podríamos cruzar por allí, y lo mismo debió de pensar mi hermano, porque el coche empezó a frenar bruscamente acompañado de un grito ahogado, que lo hizo volcar azarosamente contra unos matorrales.

Hacía un calor impropio que no sabría decir si provenía de fuera o de mi propio cuerpo, y el aire era más espeso, aunque un viento fresco sorteaba la maraña de ceniza y me acariciaba por debajo de las rodillas. No estábamos exactamente en el lugar afectado por el fuego, pero eso no quería decir que no estuviéramos en peligro, porque la zona quemada se fusionaba lascivamente con la montaña de manera imparable.
Cuando miré a mi lado, mi hermano yacía muerto, atravesado en la ventana del conductor.

No lloré.

Abrí la puerta del acompañante y me alejé del coche, despacio, hasta quedarme casi parada, intentando escuchar cualquier ruido que me indicara inexplicablemente que mi hermano había sobrevivido al impacto, pero no llego.

No lloré.

Me encontraba en un estado extremo de nirvana, incapaz de sentir nada. No sentía dolor, y ese era un sentimiento que había cultivado durante mucho tiempo, sabía distinguirlo perfectamente. Estaba triste, pero no por lo que había pasado, sino por mi indiferencia ante la pérdida irrecuperable del ser más maravilloso de este mundo. Era un monstruo incapaz de sentir. Me obligué a llorar.

No lo conseguí.

Cuando me encontraba inmersa en una discusión contra el universo por mi creación, una oleada de calor me golpeó de lleno en la cara y me devolvió a la realidad. Una realidad horizontal. Me encontraba tirada en el suelo. Algo había explotado lo suficientemente cerca de mí como para que me derribara sin hacerme demasiado daño, aunque sentía punzadas de dolor por toda la parte derecha de mi cuerpo y me desmayé.
Cuando abrí los ojos no me atreví a mirar el coche destrozado de nuevo, para no ver el cuerpo sin vida de mi hermano, pero no sirvió para nada, porque la explosión había esparcido trozos del coche por todas partes.

Y entonces lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Lloré con rabia. Cada sollozo era parte de un grito horrible y lleno de dolor, que no era sino el presagio del siguiente grito, más fuerte y más horrible que el anterior. Sentí tristeza por mi hermano muerto, por mi familia deformada. Lloré por la primera vez que me caí de la bicicleta, y por la muerte de mis abuelos meses antes. Lloré mientras avanzaba hasta los restos desmembrados del coche. Ya no ardía, pero cuando me senté por segunda vez aquel día en el asiento del copiloto sentí como mi espalda se quedaba pegada en los restos calientes del asiento.


Capítulo 3 – VIDA

Mi siguiente recuerdo nítido apareció días después, cuando me encontré tirada y dolorida en una cama de hospital, enganchada para siempre a una máquina para mantenerme viva. Estaba rodeada de aquellas miradas de las que había intentado huir, cuya indiferencia se había transformado en tristeza y dolor. Entre todos aquellos ojos destacaban los de mi padre, que se lanzó rápida pero dulcemente a susurrarme al oído que me quería. También pasaron a susurrarme mis dos tías, primos y vecinos, y una mujer menuda que no conocía pero que no parecía sinceramente afectada. Pero entre tanta familia eché de menos a alguien, que no venía a decirme al oído lo que me quería.

Sin poder girar demasiado el cuello la busqué por la habitación, pero no estaba allí. Tarde demasiado tiempo en aceptar la idea de su ausencia teniendo en cuenta el reducido tamaño de la habitación, pero finalmente me di por vencida y supe que no aparecería. Me acurruqué en la cama y me dejé acariciar por el leve aleteo de la vida.


CAPÍTULO 4 – PITIDOS DE MUERTE

Estaba sentada en un oscuro jardín junto a una cafetería aparecida hacía varios años en uno de los callejones adyacentes a una plaza principal. Llevaba casi un año yendo allí a leer cada mañana. Había elegido ese sitio por su emplazamiento peculiarmente aislado; tanto, que a pesar de estar situado junto a uno de los lugares más concurridos, la mayoría de sus clientes eran turistas despistados y discretos enamorados.

El dueño era un hombre risueño de buen corazón, amigo de mi padre. Siempre me tenía preparado un buen desayuno en aquel rincón idílico lleno de mariposas y plantas, cuyos gruesos muros me protegían de miradas indiscretas, e impedían oír el mínimo ruido proveniente de la terraza. Es difícil leer tranquilamente cuando la gente se para a mirar tu cara destrozada por el fuego.

Entonces oí una voz acercarse a lo lejos que me resultó familiar. Tapada por un melocotonero no conseguía identificar de quien sería, pero vi que aquella voz llevaba puesto un vestido azul muy bonito. Aquella voz y aquel vestido avanzaron directamente hacia donde me encontraba. Cuando vi su rostro, una parte de mi alma me se resquebrajó.

Era mi madre. La misma que no fue a ver a su hija al hospital y que tampoco se atrevió a ir al entierro de su hijo un año antes.

Me encontraba embriagada de un sentimiento de odio y rabia, y mis músculos se tensaron de igual modo que un gato antes de arañar. No entendía como se atrevía a mirarme después de lo que hizo.  Aquella persona no era de mi familia, ni de ninguna otra que conociera; tenía ante mí a la persona más cobarde que jamás pude imaginar, que abandonó a su hija herida y a su hijo muerto para no mirar a la cara a su marido. Un marido que por otro lado estaba roto por el dolor y el remordimiento inmerecido.

Estaba claro que aquella persona no era mi madre, ya no. Llevaba un año vagando sin rostro y sin rumbo tras la sombra de mi hermano y los brazos de mi padre, mientras ella huía de todo lo que una vez había amado. Y me sentí timada.

Antes de que pudiera decir nada le arrojé un plato manchado de arándanos que fue a chocar contra su vestido, seguido de un vaso cuyo fondo contenía un líquido anaranjado, y unos pastelitos que en cualquier otra ocasión hubieran terminado en mi estómago. Para mi desgracia solo conseguí que se abalanzara sobre mí y me impidiera lanzarle más cosas. Entonces me pidió que fuera con ella a comprar el vestido más bonito que existiera. Yo mordí su cabeza hasta que noté el sabor de la sangre y le arranqué un mechón de pelo. Ella chilló y me miró sorprendida y aterrada. Su mirada no comprendía que estaba pasando, había sido amable y yo la había atacado. No entendía que estaba pasando, porqué su maravilloso plan no había funcionado y ahora su hija la rechazaba. Y sentí pena por ella, porque supe que jamás lograría nada en la vida, que jamás había sido respetada por nadie, y porque había perdido al único hombre que había velado por ella.

La culpaba de la muerte de mi hermano. La odiaba desde lo más profundo de mis entrañas de una forma antinatural. Apenas un pestañeo antes, habría querido agarrarme de su cabeza y colgarme de ella hasta hacerla caer, estampándola contra el suelo y destrozando su bonito rostro. Había querido golpearla mil veces antes siquiera de que sintiera su propio dolor, una, y otra, y otra vez, disfrutando cada vez más hasta llegar a un estado de éxtasis mucho después de que ella hubiera muerto. Había soñado mil veces con su muerte, estaba preparada para aquel momento, pero en vez de eso mis ojos se llenaron de lágrimas.

La abracé. La perdoné. Y Por primera vez en mucho tiempo, sentí. Sentí como mis heridas dejaban de dolerme. Sentí la paz que toda persona debiera sentir y el amor que toda niña debiera tener. Sentí como aquel odio que me cegaba se rompía contra el suelo en mil pedazos irreparables.

Unos ojos humedecidos me guiaron hasta la terraza. Y entre el terror de los comensales al ver avanzar hacia ellos aquel cuerpo repulsivo, me dejé caer, sonriente; ya no necesitaba luchar más. Me cubrió el silencio, roto por un pitido continuo que no pude oír. Alguien me dio un beso que no pude sentir. Voló una mariposa que no pude ver.


Estaba muerta.

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