Capítulo 1 – ENTRE LAS NUBES DEL CIELO
Siempre había deseado
que un coro de ángeles me despertara cada mañana mientras me traían un
abundante desayuno a la cama. Era uno de esos sueños que tiene una persona
y que acepta que no pueden ocurrir, y quizás por esto mismo me ilusionó aún más
lo ocurrido. Aquella mañana no llegó un coro de ángeles, pero alguien había
llamado a la radio para recomendar mi canción favorita; algo que pareció
gustarles también a los pájaros al otro lado de la ventana, que coreaban un
ritmo alegremente acorde con la melodía. Y aunque tampoco desayuné en la cama,
sí que estaba preparado el desayuno en el comedor, donde me esperaban mi
hermano y una mesa repleta de todo aquello que no debería comer porque no es
bueno para la salud de una niña de doce años como yo, aunque quedaba levemente
disimulado entre algo de fruta y cereales. Primero empecé por un trozo de tarta
de frambuesa, unos bollos de chocolate con almendras, pastel de arándanos y
galletas rellenas de mermelada, endulzado todo ello con jugo de melocotón y
leche merengada. La única pega de ese momento fue no poder comer todo lo que
hubiera deseado, aunque eso no quiere decir que no probara todos y cada uno de
los manjares y terminara con todas las tostadas. Si bien es verdad que me ayudó
mi hermano, apenas comió lo de siempre e incluso menos.
Ese fue el momento más
agradable de mis vacaciones, que empezaron ese mismo día, y terminarían un día
después; y aunque pueda parecer un buen nivel, no fue así. Si esa fue la mejor
parte es debido a que después de aquello las cosas no hicieron más que
empeorar, hasta desencadenar en una depresión inquisitorial que agriaría hasta
la última neurona de mi cerebro.
Mi hermano decidió que
durante el proceso de separación de mis padres, era el momento idóneo para unas
vacaciones él y yo solos. Reconozco que al principio fue relativamente fácil
aceptar el divorcio, seguramente porque era algo que todos nos esperábamos,
menos mis padres, que llegaron a aquella conclusión en una discusión como si se
les acabara de pasar por la cabeza. Pero pasaron los días y las cosas se
complicaron hasta puntos absurdos. Nuestra convivencia familiar comenzó a
tensarse como un cuerpo del que tiran en varias direcciones, y que como es
normal, terminó por desmembrarse en el sentido más literal.
Para nuestro “descanso
familiar” habíamos decidido que la montaña sería un buen destino. El nombre que
le habíamos dado a nuestras vacaciones no tenía nada que ver con nuestra
condición de hermanos, sino más bien con que estaríamos solos, sin nadie más
que nos molestara, y por nadie me refiero a mis padres, y a cualquiera que nos
sonriera y bajara la mirada al tiempo que nos deseaba suerte con una mayor carga
de incomodidad que de verdadero pesar.
Y esto es lo que nos
trae hasta este momento: era la mañana de mi primer día de vacaciones y acababa
de tomar uno de los mejores desayunos de mi vida.
Después del silencioso
desayuno salimos a pasear y recuerdo que el paisaje era embriagador. Desde la
cima se podía ver una parte de la montaña, adornada con un manto de densa
vegetación enjoyado de abetos, y cuyas
faldas se encontraba rematadas por una
tortuosa carretera que dividía la ladera en secciones desiguales, apareciendo y
volviendo a desaparecer por el otro lado de la montaña.
No sabría decir cómo,
pero recuerdo que después del desayuno me volví a acostar, y al levantarme solo
existía el correr. Mi hermano tenía todo preparado para irnos. Bajé las
escaleras entre maletas y empujones y monté en el coche, que arranco con furia.
He de decir que desde hacía unos meses coincidiendo con una serie de desgracias
familiares me había vuelto más inexpresiva y obediente que nunca, algo que en
ese momento rozó su máxima expresión.
Capítulo 2 – ESCALERA AL INFIERNO
El cielo estaba muy
nublado y la carretera aún guardaba la humedad de las lluvias de la noche
anterior. El sol no estaba alto, y detrás de cada curva había algunas zonas sin
iluminar. Entramos a toda velocidad en un frondoso bosque donde pareció
anochecer de nuevo; no entendía este repentino gusto por la velocidad; al
principio parecía divertido, pero ahora tenía que agarrarme al cinturón de
seguridad para no salir disparada en una curva. Con tanto traqueteo y la leve
luz, por la ventanilla apenas podía distinguir borrones verdes dignos de un
cuadro impresionista, que el rocío me
tiznaba brillantes. Finalmente mi preocupación se transformó en miedo bajo el
amparo de un abismal acantilado que nos acompañó desde que salimos de aquel
bosque de abetos por todo el lateral
izquierdo de la carretera. Poco tiempo atrás, aquel tramo había
despertado en mi un curioso número de sentimientos agradables relacionados
todos con la belleza del paisaje, sin embargo ahora se tronaban tenebrosos y
oscuros ante la idea de terminar despeñados por una preciosa ladera o de chocar
contra alguno de los imponentes y afilados riscos, cuya fisionomía embellecida
por el color ennegrecido de la piedra no los hacía menos peligrosos. Para empeorar
la situación notaba como el coche invadía el carril contrario cada vez más
descaradamente, hasta que finalmente se convirtió en uno solo, cuya línea
continua debía de ser un simple decorativo para mi hermano. Algo que
verdaderamente degradaba la idea de “temerario” hasta “juego de niños”.
Mi cuerpo se encontraba
gobernado por una parálisis casi total que llevaba un rato afectando a mi
capacidad de respirar. Sentía como la adrenalina invadía cada una de mis
células con total impunidad, aunque sorprendentemente no sudaba, debido sin
duda al estado de tensión en el que me encontraba, que mantenía cerrado y
apretado cada poro de mi piel. Sentía que podría morir en cualquier momento y
que no podía hacer nada para evitarlo; era una sensación de ahogo y desasosiego.
Por su parte mi garganta gritaba en silencio por algo de saliva y mi cerebro
estaba empezando a colapsarse dando lugar a un leve pero sentido mareo, y
recordándome tan exagerada como innecesariamente que estaba en verdadero
peligro.
Pasado un rato la cosa
no mejoró. La carretera comenzó a estrecharse y una espesísima niebla
anaranjada comenzó a cubrir indiscriminadamente cada uno de los objetos que
podía ver desde el coche. En apenas unos minutos pasamos casi sin saberlo a no
poder ver apenas unos metros delante del coche, que los faros se apresuraban a
traducir en tramos de carretera. Para empeorar las cosas, el habitáculo comenzó
a oler a quemado y a llenarse lentamente de un humo denso y rojizo.
Segundos después me di
cuenta de que no era humo del coche lo que respiraban apresurada e
ineficientemente mis pulmones y tampoco era niebla lo que cubría el camino. El
monte se estaba quemando a pasos agigantados. Uno de los laterales de la
montaña estaba siendo abrasado por una diabólica lengua de fuego, y por
desgracia la carretera lo atravesaba con alevosía, zigzagueando y retorciéndose
para cubrir el máximo terreno quemado. Estaba claro que no podríamos cruzar por
allí, y lo mismo debió de pensar mi hermano, porque el coche empezó a frenar
bruscamente acompañado de un grito ahogado, que lo hizo volcar azarosamente
contra unos matorrales.
Hacía un calor impropio
que no sabría decir si provenía de fuera o de mi propio cuerpo, y el aire era
más espeso, aunque un viento fresco sorteaba la maraña de ceniza y me acariciaba
por debajo de las rodillas. No estábamos exactamente en el lugar afectado por
el fuego, pero eso no quería decir que no estuviéramos en peligro, porque la
zona quemada se fusionaba lascivamente con la montaña de manera imparable.
Cuando miré a mi lado,
mi hermano yacía muerto, atravesado en la ventana del conductor.
No lloré.
Abrí la puerta del
acompañante y me alejé del coche, despacio, hasta quedarme casi parada,
intentando escuchar cualquier ruido que me indicara inexplicablemente que mi
hermano había sobrevivido al impacto, pero no llego.
No lloré.
Me encontraba en un
estado extremo de nirvana, incapaz de sentir nada. No sentía dolor, y ese era
un sentimiento que había cultivado durante mucho tiempo, sabía distinguirlo
perfectamente. Estaba triste, pero no por lo que había pasado, sino por mi
indiferencia ante la pérdida irrecuperable del ser más maravilloso de este
mundo. Era un monstruo incapaz de sentir. Me obligué a llorar.
No lo conseguí.
Cuando me encontraba
inmersa en una discusión contra el universo por mi creación, una oleada de
calor me golpeó de lleno en la cara y me devolvió a la realidad. Una realidad
horizontal. Me encontraba tirada en el suelo. Algo había explotado lo
suficientemente cerca de mí como para que me derribara sin hacerme demasiado
daño, aunque sentía punzadas de dolor por toda la parte derecha de mi cuerpo y
me desmayé.
Cuando abrí los ojos no
me atreví a mirar el coche destrozado de nuevo, para no ver el cuerpo sin vida
de mi hermano, pero no sirvió para nada, porque la explosión había esparcido
trozos del coche por todas partes.
Y entonces lloré. Lloré
como nunca lo había hecho. Lloré con rabia. Cada sollozo era parte de un grito
horrible y lleno de dolor, que no era sino el presagio del siguiente grito, más
fuerte y más horrible que el anterior. Sentí tristeza por mi hermano muerto,
por mi familia deformada. Lloré por la primera vez que me caí de la bicicleta,
y por la muerte de mis abuelos meses antes. Lloré mientras avanzaba hasta los
restos desmembrados del coche. Ya no ardía, pero cuando me senté por segunda
vez aquel día en el asiento del copiloto sentí como mi espalda se quedaba
pegada en los restos calientes del asiento.
Capítulo 3 – VIDA
Mi siguiente recuerdo
nítido apareció días después, cuando me encontré tirada y dolorida en una cama
de hospital, enganchada para siempre a una máquina para mantenerme viva. Estaba
rodeada de aquellas miradas de las que había intentado huir, cuya indiferencia
se había transformado en tristeza y dolor. Entre todos aquellos ojos destacaban
los de mi padre, que se lanzó rápida pero dulcemente a susurrarme al oído que
me quería. También pasaron a susurrarme mis dos tías, primos y vecinos, y una
mujer menuda que no conocía pero que no parecía sinceramente afectada. Pero
entre tanta familia eché de menos a alguien, que no venía a decirme al oído lo
que me quería.
Sin poder girar
demasiado el cuello la busqué por la habitación, pero no estaba allí. Tarde
demasiado tiempo en aceptar la idea de su ausencia teniendo en cuenta el
reducido tamaño de la habitación, pero finalmente me di por vencida y supe que
no aparecería. Me acurruqué en la cama y me dejé acariciar por el leve aleteo
de la vida.
CAPÍTULO 4 – PITIDOS DE MUERTE
Estaba sentada en un
oscuro jardín junto a una cafetería aparecida hacía varios años en uno de los
callejones adyacentes a una plaza principal. Llevaba casi un año yendo allí a
leer cada mañana. Había elegido ese sitio por su emplazamiento peculiarmente
aislado; tanto, que a pesar de estar situado junto a uno de los lugares más
concurridos, la mayoría de sus clientes eran turistas despistados y discretos
enamorados.
El dueño era un hombre
risueño de buen corazón, amigo de mi padre. Siempre me tenía preparado un buen
desayuno en aquel rincón idílico lleno de mariposas y plantas, cuyos gruesos
muros me protegían de miradas indiscretas, e impedían oír el mínimo ruido
proveniente de la terraza. Es difícil leer tranquilamente cuando la gente se
para a mirar tu cara destrozada por el fuego.
Entonces oí una voz
acercarse a lo lejos que me resultó familiar. Tapada por un melocotonero no
conseguía identificar de quien sería, pero vi que aquella voz llevaba puesto un
vestido azul muy bonito. Aquella voz y aquel vestido avanzaron directamente
hacia donde me encontraba. Cuando vi su rostro, una parte de mi alma me se
resquebrajó.
Era mi madre. La misma
que no fue a ver a su hija al hospital y que tampoco se atrevió a ir al
entierro de su hijo un año antes.
Me encontraba
embriagada de un sentimiento de odio y rabia, y mis músculos se tensaron de
igual modo que un gato antes de arañar. No entendía como se atrevía a mirarme
después de lo que hizo. Aquella persona
no era de mi familia, ni de ninguna otra que conociera; tenía ante mí a la
persona más cobarde que jamás pude imaginar, que abandonó a su hija herida y a
su hijo muerto para no mirar a la cara a su marido. Un marido que por otro lado
estaba roto por el dolor y el remordimiento inmerecido.
Estaba claro que
aquella persona no era mi madre, ya no. Llevaba un año vagando sin rostro y sin
rumbo tras la sombra de mi hermano y los brazos de mi padre, mientras ella huía
de todo lo que una vez había amado. Y me sentí timada.
Antes de que pudiera
decir nada le arrojé un plato manchado de arándanos que fue a chocar contra su
vestido, seguido de un vaso cuyo fondo contenía un líquido anaranjado, y unos
pastelitos que en cualquier otra ocasión hubieran terminado en mi estómago.
Para mi desgracia solo conseguí que se abalanzara sobre mí y me impidiera
lanzarle más cosas. Entonces me pidió que fuera con ella a comprar el vestido
más bonito que existiera. Yo mordí su cabeza hasta que noté el sabor de la
sangre y le arranqué un mechón de pelo. Ella chilló y me miró sorprendida y
aterrada. Su mirada no comprendía que estaba pasando, había sido amable y yo la
había atacado. No entendía que estaba pasando, porqué su maravilloso plan no
había funcionado y ahora su hija la rechazaba. Y sentí pena por ella, porque
supe que jamás lograría nada en la vida, que jamás había sido respetada por
nadie, y porque había perdido al único hombre que había velado por ella.
La culpaba de la muerte
de mi hermano. La odiaba desde lo más profundo de mis entrañas de una forma
antinatural. Apenas un pestañeo antes, habría querido agarrarme de su cabeza y
colgarme de ella hasta hacerla caer, estampándola contra el suelo y destrozando
su bonito rostro. Había querido golpearla mil veces antes siquiera de que
sintiera su propio dolor, una, y otra, y otra vez, disfrutando cada vez más
hasta llegar a un estado de éxtasis mucho después de que ella hubiera muerto.
Había soñado mil veces con su muerte, estaba preparada para aquel momento, pero
en vez de eso mis ojos se llenaron de lágrimas.
La abracé. La perdoné.
Y Por primera vez en mucho tiempo, sentí. Sentí como mis heridas dejaban de
dolerme. Sentí la paz que toda persona debiera sentir y el amor que toda niña
debiera tener. Sentí como aquel odio que me cegaba se rompía contra el suelo en
mil pedazos irreparables.
Unos ojos humedecidos
me guiaron hasta la terraza. Y entre el terror de los comensales al ver avanzar
hacia ellos aquel cuerpo repulsivo, me dejé caer, sonriente; ya no necesitaba
luchar más. Me cubrió el silencio, roto por un pitido continuo que no pude oír.
Alguien me dio un beso que no pude sentir. Voló una mariposa que no pude ver.
Estaba muerta.
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